LA SUERTE DEL PRINCIPIANTE

Hoy estoy de rebajas,

hoy acaricio gratis.

Hoy me vendo

a este mar de gente

que espera el semáforo

que tan bien me conoce,

porque no me conoce nada.

Hoy regalo palabras.

Hoy estoy de promoción.

Hoy podría convencer a cualquiera

de que me comprara un rato,

de que me amara toda la vida.

Mañana cambio el escaparate. 

   

Carmen Ruíz Fleta, "No es mi aura".

    

                                Marta Bevacqua
                                            

    Para aquellos que nunca han utilizado una aplicación de citas, la primera vez es un espectáculo pantagruélico: cientos de fotos y perfiles que, a golpe de clic, vas clasificando entre los posibles candidatos a ser tu príncipe azul; jóvenes, mayores, más agraciados, menos, con nombre real, con seudónimo... un panorama tan vasto que produce una auténtica borrachera ante los cientos de posibilidades que, por un momento, se vuelven tan reales como tu vida misma. 

    Y ahí te lanzas, al principio frenada por la timidez, hasta que empiezas a pasar fotos como el que pasa las hojas de un folleto del Carrefour -ni por un momento te quieres imaginar que, al otro lado, otros estarán haciendo lo mismo con tu imagen y tu tan trabajado texto de presentación-. Y empiezas a verlos como jamones colgados de una barra, no muy diferente, por cierto, a lo que sentías cuando allá por tus tiempos mozos, cuando no existían mascarillas ni pandemias, pateabas los bares, tan inexperta como esta que ahora recorre las redes. 

   Hasta que alguien te manda el primer mensaje no tomas conciencia de que tras aquellas imágenes que parecen de cartón piedra hay personas con cierto grado de realidad -los matices son siempre fluctuantes-. Comienzas a escribir tus primeras frases: eso de escribir siempre se te dio bien. Le tomas el pulso a la ortografía, el ingenio y la gracia del remitente y poco a poco, empiezas a hacer alarde de tus gustos, tus fobias y tus encantos. Parece fácil. Tan fácil, que en unos días, ya estás concertando tu primera cita. 

       ¿Así de sencillo? Parece que sí. Una breve conversación a través del chat de la aplicación. Un tanteo antes de pasar el número de teléfono móvil para comprobar, de inmediato, que la foto de perfil parece sacada de una revista de decoración para millonarios: un imponente piano de cola frente a un ventanal acristalado que mira directamente al mar. Pienso en la suerte del principiante y me imagino a mi profesor de música ante el piano en un atardecer eterno frente al mar. 

   Después llega la primera conversación: descubrir una voz, adivinar unos rasgos, intuir una vida... pero, de repente, la banda sonora se detiene en el preciso momento en el que empieza a contarme que acaba de recibir una herencia por la que tendrá que pagar 300000 euros de impuestos. Los violines se paran en seco, justo a tiempo de que yo realice un alegato a favor de la vida sencilla -alejada del mundanal ruido, me falta decir-. Aun así, concierto una cita. Hago gala de mis buenas dotes de anfitriona y reservo una mesa en un restaurante tranquilo, alejado de miradas incómodas y propicio para las confesiones. 

    Me visto con mi mejor vestido y me subo a unos tacones de vértigo. Sonrío complacida ante la imagen que me devuelve el espejo. Le mando a mi hermana la ubicación en tiempo real, no vaya a ser que me rapten, ¡Dios mío!, y qué sería de mis hijos. Llego a tiempo de aparcar detrás de su impoluto BMV deportivo. Salgo del coche, me recompongo y, justo cuando voy a darle un par de besos, se baja un poco la mascarilla para enseñarme la cara, antes de advertirme que me ponga yo la mía porque los contagios están subiendo como la espuma. 

    El resto de la cita: un desatino constante. La mesa donde nos sientan, que no le gusta; el tono de voz los de al lado, que le desagrada; el ponche que pide en los postres, que no es de buena marca... y lo peor de todo, vuelta a los 300000 euros, y a su verdadera vocación: los negocios. Y yo, que de músico me gustaría más; y él que la música es solo un seguro de vida. Y la decepción empieza a destilarse por mis venas y pido una copa de vino para hacer más soportable tanto discurso vacío acerca de coches y casas y negocios millonarios. Al fin, nos despedimos, y vuelvo a casa, "más vieja y más cansada", como decía Ismael Serrano en aquella canción. Es un pobre hombre, pienso, y anoto la primera decepción en mi diario. 

    

   

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