EXPECTATIVA VS. REALIDAD

Me vio como se mira al través de un cristal

o del aire

o de nada.

Y entonces supe: yo no estaba allí

ni en ninguna otra parte

ni había estado nunca ni estaría.

Y fui como el que muere en la epidemia,

sin identificar, y es arrojado

a la fosa común.


"Desamor", Rosario Castellanos.





    El riesgo mayor de las citas a ciegas reside en encontrar la medida exacta del juego que precede a la primera cita, que suele ser siempre la definitiva. Si te adelantas y no has creado aún un vínculo firme a través de las palabras, la cita puede acabar por convertirse en una cena de negocios destinada a comprobar los porcentajes de ganancia. Pero, si la pospones demasiado, el riesgo de generar expectativas completamente irreales puede ser devastador.

    Esta vez, decides tensar el arco y jugar el juego que más te gusta: la seducción a través de las palabras. Despliegas tus habilidades y le propones una lectura compartida: él no sabe lo sensual que entonces se vuelve aquella aburrida lectura que él ha propuesto y que tú, por seguirle el juego, te esfuerzas en comprender. Avanzas por las páginas del libro al mismo ritmo con el que crees estar conquistando aquel inexpugnable bastión.

    Una semana es suficiente para crear el caldo de cultivo necesario para que te sorprendas a ti misma fantaseando con la idea de proponerle un juego que comience en la primera cita: unas preguntas elegidas al azar de entre los test que los adolescentes realizan para conocer a sus primeras parejas y unas pruebas cuyos resultados se intercambian para adivinar el contraste entre las expectativas y la realidad.

    Pero la realidad acaba imponiéndose sin necesidad de juegos ya en los primeros minutos de nuestro primer y único encuentro: un abrazo mucho menos cálido que el que me había prometido en mensajes y una primera conversación entrecortada y sin grandes expectativas. Y después, el bar que está cerrado, y te ves obligada a pasear junto a un extraño y compruebas que hasta el ritmo de vuestros pasos está desacompasado. El resto de la cita es anodino, como él y sus anécdotas de otras primera citas que acabaron en una iglesia o con una palmadita en la espalada a modo de despedida definitiva. Decido acompasarme poco a poco al ritmo indolente que él acaba imponiendo y sin necesidad de jueguecitos absurdos compruebo que la fría realidad sobrepasa con creces las expectativas soñadas. 

    Aguantamos el tipo, incluso más de lo estipulado. Él me enseña qué es lo adecuado para estas primeras citas mientras desandamos nuestros pasos por una ciudad que, a la vuelta, me parece más silenciosa y gris. Al fin, entre aliviada y triste me despido con la misma frialdad que cuando nos encontramos en un torpe abrazo con palmadita en la espalda a modo de regalo de consolación por participar en ese juego en el que anoto ya el segundo tanto de decepción.

     


   

    

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